La Navidad en otros tiempos


La Navidad, antes de que los paceños nos hayamos sumergido en esta espiral mercantilista, estaba dedicada al Niño Manuelito y su tradicional pesebre, presente en casi todos los hogares de la familia boliviana.

Su arreglo era un todo un ritual, y en muchas ocasiones tardaba varios días, porque se ocupaba gran cantidad de espacio, pues así lo ameritaban los juguetes del "Niño": vacas, burros y ovejitas, los tres Reyes Magos y sus pastores, unos elaborados en arcilla o estuco y otros traídos desde Europa, de porcelana, cristal y resinas especiales.

Todo pesebre contaba con un precioso Niño, y este debía ser uno de esos famosos niños "cuzqueños", que eran cambiados en las tiendas dedicadas a la venta de imágenes religiosas, como la de la familia Frías, entre otros, aunque también se importaban Niño de cera, tan delicados, que se derretían con tan solo el calor de las velas, lo que causaba inmenso dolor en las familias.

Hasta la década de los años setenta, la oferta comercial era escasa, no como la de hoy en día, teniendo en cuenta que la población en la ciudad de La Paz, incluido El Alto, no llegaba a los 350.000 habitantes, por lo que modernos centros comerciales de hoy en día, no existían, ni siquiera vendedores ambulantes. Lo que se recuerda con añoranza son las largas filas que se formaban para ingresar a la única tienda de juguetes de ese tiempo: el famoso "Gato Blanco"; la visita consistía en bordear su mesón central, que mostraba las últimas novedades en juguetes llegados del exterior, mayormente de Japón: trenes eléctricos, coches a control remoto, robots a pilas y muñecas que andaban, eran los juguetes más solicitados.

En cuestión de prendas de vestir para niños, la oferta no era mucha, y se centralizaba en inmediaciones a la calle Potosí, donde se encontraban tiendas como La Favorita y La Pandilla, hoy desaparecidas y que dieron paso al moderno shopinng Norte; tiendas tradicionales y que aún perviven, pese al paso del tiempo y la globalización son la "Casa Sport" y la "Polonesa", en la Calle Socabaya; o "Casa Pinocho" y "Lupo", en la Calle Yanacocha, otras que ya desaparecieron eran la Casa 4 Ases, o el Gato Negro, en la calle Mercado, entre otras, casi todas de propiedad de inmigrantes judíos asentados en nuestro país luego de la segunda guerra mundial. Décadas anteriores las compras se las hacía en la Calle Comercio, esquina Socabaya.

Luego de las pequeñas compras navideñas, y de haber visitado a un Papa Noel mecánico de tamaño real, que saludaba a los visitantes en otra de las tiendas tradicionales de ropa femenina ubicada en la calle Potosí: "La Económica", la ciudadanía se volcaba a comer los famosos hot dogs del "Marilyn", (de la esquina Socabaya y Potosí) o a tomar un té con pasteles en las confiterías Tulipán y Rosedal, negocios ubicados por el sector.

La venta popular se concentraba en la feria navideña, que se ubicaba, unas veces en lo que hoy es la "Terminal de buses", en la Avenida de Ejército o la ahora transitada y congestionada avenida Montes, claro que hasta entonces no habían nacido los "minibuses", ni el transporte masivo de pasajeros.

Los villancicos abundaban el pequeño centro paceño, interpretados por niños vestidos con ponchos multicolores, que en la Noche Buena visitaban los hogares para adorar al "recién nacido", entonando ritmos nacionales como Huachi Torito o Niño Manuelito, c… buñuelito, con instrumentos nativos como: tambores, Ch’ullu ch’ullus —hechos con las tapas de refrescos aplastadas—, el Ch’ululu, —un silbato fabricado con latitas de leche—, que luego fue reemplazado por el pajarillo y la armónica.

La comida navideña consistía en bizcochos con chocolate o la tradicional "picana" de tres carnes: cordero, gallina y res. Los Panetones por entonces no eran muy conocidos, a no ser los de "La Ópera" que se popularizaron gracias a las fábricas Figliozzi de la zona de San Pedro y La Francesa de Miraflores; junto a ellos llegó el pavo a finales de los años 70, desde que algunas empresas se animaron a regalar a sus empleados este animalito en reemplazo del típico pollito, que hasta nuestros días, no termina de ser acogido por la familia boliviana.

Y los niños esperaban la llegada del 25 de Diciembre casi sin dormir. Y “el regalo” anhelado (no varios, como el mundo mercantilista se ha encargado en posicionar) siempre se encontraba bajo el Árbol de Navidad, junto al zapato más viejo. La felicidad era inmensa, la inocencia también. El agradecimiento era para el Niñito Dios, el Niño Manuelito. No para Papá Noel.


* Javier Escalier Orihuela
Responsable de Festivales y Eventos del Ministerio de Culturas y Turismo

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