Entre brujas y th'anta wawas


Según la tradición que se mantiene viva, principalmente en los hogares de costumbres arraigadas, al medio día del 1º de Noviembre, las familias se reúnen en un ámbito de profundo respeto y recogimiento, para recibir con oraciones a sus fieles difuntos, que llegan desde el “más allá” a visitar a sus seres queridos.

¿Pero cómo los recibimos?

Un Altar en el principal ambiente del hogar, ofrece a estas “almitas”, los manjares que en vida disfrutaron hasta saciarse.

Sobre un velo negro de seda, que simboliza el luto que mantiene la familia, se situa —al centro— la Imagen de Cristo, junto a una cruz hecha con la flor de la retama; alrededor se ubican las comidas predilectas que gustaban en vida; frutas de la estación, un paquete de cigarrillos Derby, acompañado de una taza con café bien cargado y algunas hojas de coca, —si es que en vida estos invitados mitigaban el cansancio con ellas—, las infaltables Th´anta wawas, caballitos y deliciosa “fruta seca”, conformada por una gran variedad de masitas y pan dulce que se servirá por doquier.

No faltan los suspiros multicolores, hechos con clara de huevo formados en tiras de papel, maicillos, bizcochuelos y panes en forma de escaleras —para ascender más rápido al cielo—, además de gaseosas, y cuanto antojo terrenal tuvieron las almitas invitadas, cerrando el arreglo con una gran jarra de chicha morada. 

Con estas ofrendas y el encendido de dos grandes cirios al medio día, se da inicio a la festividad que se extenderá hasta las doce horas del día siguiente.

Esta costumbre tan enraizada en nuestro medio, no la comparte sólo el núcleo familiar, sino que involucra a vecinos y amistades, que reciben cestas llenas de los manjares elaborados para la ocasión, acompañados de una jarrita de chicha morada; ofrenda entregada casa por casa y puerta por puerta, con el encargo de “rezar” para el descanso eterno de sus almas. 

Al día siguiente cuando las manecillas del reloj vuelvan a marcar las doce horas y una vez que se ha encargado a “las almitas”, por el bienestar de quienes todavía vivimos en éste mundo, "despacharemos" a nuestros fieles difuntos, esperando que realicen su viaje de retorno al lado de Nuestro Creador. 

Una delicada operación, que consiste en retirar con sumo cuidado y respeto los símbolos ofrecidos, hasta apagar las velitas, caso contrario, se correría el riesgo de dejar atrapados en éste mundo a nuestros ocasionales visitantes.

La festividad de Todos Santos en los hogares bolivianos, apoya a conservar la unidad familiar y mantiene viva esta tradición —transmitida de generación en generación—, frente a la imposición de nuevas tendencias que van reemplazando poco a poco a los “bizcochuelos, th’anta wawas y suspiros” por aquellas siniestras máscaras de brujas y condenados que están más a tono con estilos y formas de vida propios de otras culturas.

Javier Escalier Orihuela 
es Responsable de Festivales y Eventos del Ministerio de Culturas y Turismo

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